21 de junio
La revolución no empieza cuando el pueblo se rebela, sino cuando se da cuenta de quién es el verdadero enemigo
Desde que tengo memoria, siempre quise irme de Colombia. Nunca hice mayores planes a futuro sobre mi vida, solo pensaba que si tenía suerte y lograba llegar más allá de mis veinte, entonces tendría que irme del país.
Al inicio lo pensaba porque me hicieron creer que todo lo extranjero era mejor. Que el acento español sonaba más atractivo, que la comida italiana le ganaba a cualquier arroz con huevo y tajadas, que los paisajes de Suecia eran mejores que cualquier pueblo en Cundinamarca.
Les creí, por supuesto. Y comencé a soñar con una vida en Europa, porque cualquier lugar era mejor que vivir en latinoamerica.
¿Y cómo culparme por pensar así? Si crecí en un barrio popular donde los taxistas no van de noche por temor a que los roben, estudié en un colegio público donde los problemas se solucionaban a los golpes, y escuché por años el mismo discurso de que éramos tercermundistas y que la vida que veía en las películas solo pertenecía a los que habían nacido en otro país, o a los que tenían suficiente dinero para borrar sus raíces.
Bajo esa necesidad de huir y obligada a elegir la universidad pública, decidí estudiar lenguas extranjeras, porque los que saben inglés se van más fácil, porque ganan más plata, porque ellos son de los pocos que nunca se quedan.
Pero la universidad me enseñó un universo de injusticias, y fue allí rodeada de estudiantes que odiaban latinoamerica y se creían europeos por saber inglés, que comencé a amar mi país.
Las clases de lingüística me hicieron sentirme orgullosa de hablar español.
Las clases de literatura inglesa me enseñaron la belleza de la literatura colombiana.
La clase de multiculturalidad me mostró la belleza detrás de la diversidad.
Lo cierto es que la maestría la estoy haciendo en una universidad privada, y ya no tengo las mismas necesidades que hace años, pero todo se lo debo a la educación pública, la misma a la que voy a defender toda mi vida y por la que voy a votar hoy.
Voy a votar porque más adolescentes merecen la educación pública que les enseñe a amar sus raíces.
Voy a votar por la naturaleza, la misma que me llena de calma cuando la vida se pone difícil.
Voy a votar por los animales, por los gatos que amo, por Katniss, Tiger, Loki, Azriel, Jazzmine y el ángel más precioso de todos, Leia.
Voy a votar por la comunidad LGBTI porque nadie merece irse a dormir creyendo que estaría mejor muerto por amar alguien de su mismo sexo, o por haber nacido en el cuerpo incorrecto.
Voy a votar por las mujeres, porque crecí con un monstruo que prefería golpearlas, y como él hay millones en Colombia, golpeando a sus parejas y traumando a sus hijos de por vida.
No voto por Petro, a quien critiqué más de una vez en su gobierno, voto por la vida, y porque creo firmemente que mis diferencias políticas con Cepeda se pueden discutir, pero mis diferencias éticas con Abelardo no.
Y si todo sale mal, voy a recurrir a mi saga de libros favorita, la que me enseñó que siempre va a existir un amanecer en la cosecha, y me quedaré aquí, defendiendo a quienes no tienen voz o quienes tienen miedo de hablar, porque el pueblo es superior a sus dirigentes, siempre lo ha sido, y siempre lo será.

