Hey dorothea
And if you're ever tired of being known for who you know, you know, you'll always know me
La primera vez que vi a Verónica fue en marzo de 2014. Teníamos clase de informática, lo cual era divertido porque podíamos estar en los computadores. Para ir a la sala de informática teníamos que salir del edificio principal y caminar hacia el edificio administrativo. Allí fue donde la vi. Era una nueva estudiante, no tenía uniforme, solo un par de jeans y un saco blanco. Estaba alejada de todos, sentada en el suelo, recuerdo que decidimos hablarle, yo preferí escuchar, porque incluso a los 12 años elegía el silencio antes de iniciar una conversación.
A partir de allí mi cerebro inició un proceso de recolección de memorias, como la primera vez que decidí que me caía mal, y luego, sin saber cómo ni por qué, le entregué una carta en clase de informática diciéndole que era mi mejor amiga, lo cual, para cualquier niña de 12 años, es un evento bastante importante.
Recuerdo darle la carta mientras ella alistaba su maleta para salir de clase, el silencio mientras ella la leía y el abrazo que me dio después. Irónicamente no recuerdo las razones de por qué decidimos que nuestro aniversario de amistad tenía que ser cada 9 de abril, solo sé que me recordaba al 9 de abril de 1948 y toda la historia detrás del Bogotazo.
El problema de ser adolescente es que hay demasiado drama involucrado, y se supone que los amigos del colegio se separan cuando la vida adulta les golpea. Ella y yo rompimos las estadísticas, porque nunca fue suficiente drama para separarnos.
Nunca importó las veces en que lloramos porque para nuestra desgracia, la vida no era justa con nosotras, porque el destino nos repartió las cartas que resultaron ser demasiado dolorosas para cualquier niña de 12 años, pero nos teníamos la una a la otra. En mis silencios que solían convertirse en semanas de no hablar, o en sus lágrimas que ponían triste a cualquiera. Al final del día, siempre nos teníamos la una a la otra, hablando de lo lindo que era Maluma, pidiendo dinero prestado a todos nuestros amigos para comernos una empanada en descanso, yo ayudándola en las tareas de inglés y ella ayudándome en las tareas de dibujo técnico.
Nunca se lo dije, pero por muchos años fue la razón por la cual aceptaba ir al colegio. En especial en la época en que odiaba ir a clase casi tanto como odiaba la idea de pensar en un futuro.
Cuando conoces a alguien por 12 años, creas cientos de primeras veces. Como nuestro primer viaje a Medellín y como casi pierdo el vuelo, así que tuve que correr a las 4am por todo el aeropuerto, mientras Verónica me gritaba por teléfono que tenía que correr más rápido. O cuando vimos a Morat por primera vez sin saber que se iba a convertir en una de nuestras tradiciones más sagradas.
Creamos un universo a nuestro alrededor lleno de bromas internas, de pequeños códigos que nadie entendería, de conversaciones enteras que podemos tener con tan solo mirarnos. Construimos el tipo de amistad que solo aparece en ficción, esa amistad llena de amor aunque no seamos capaces de abrazarnos porque es demasiado raro.
En ese lenguaje secreto que creamos en nuestra amistad, confesamos cientos de sueños, como ir a Brasil y a Francia. Para ser honesta, los sueños de Verónica siempre fueron más grandes que los míos, llenos de cierto positivismo que a mí me falta, porque mientras ella soñaba con recorrer el mundo entero siendo señora de vuelo, mi mayor sueño siempre fue encontrarle un sentido a la vida y que vivir dejara de ser tan doloroso.
Por años perseguimos esos sueños, la vi intentarlo una y otra vez, y yo quise intentarlo también. Resulta que ambos sueños eran difíciles de conseguir, pero una mañana, doce años después de conocernos, desperté y comprendí que finalmente lo habíamos logrado. Sin saber en qué momento, Verónica recorrió mitad de Europa, tenía una casa y un contrato para ser señora de vuelo, y yo había encontrado la paz suficiente para comenzar a planear un futuro en que vivir no sonaba tan doloroso como lo fue casi toda mi vida.
Ya no tenemos doce años, no nos vemos todos los días, no hacemos tareas juntas ni nos ayudamos en los exámenes, pero seguimos hablando de Maluma, porque para sorpresa de nadie, sigue tan lindo como en 2014, mi casa sigue siendo un hogar para ella, mi familia sigue siendo su familia y nuestros gatos son primos y mejores amigos aunque no puedan verse físicamente.
Lo cierto es que hice una buena elección y no podría haber elegido a otra amiga para crecer a su lado. No sé qué será de nuestras vidas en los próximos doce años, pero tengo la certeza de que el 12 de marzo de 2038, almorzaré con Verónica, hablaremos de nuestros problemas, nos reiremos, y yo seguiré agradecida de tenerla en mi vida, como ha pasado cada 12 de marzo desde 2014.

